sábado, 11 de julio de 2020

REVISTART-REVISTA DE LAS ARTES – Nº 59 -VII. AÑO VII.2001 - COLL BARDOLET VUELVE A TOURS

Coll Bardolet
 Tours (2001)
Nos encontramos en Tours, una hermosa población del sur de Francia, donde este pintor catalán expone sus obras en el instituto Touraine y en el Ayuntamiento de la vila. Una vila que encuentra entre sus hijos ilustres a escritores como Balzac o Rableais y a pintores como Fouquet y Clouet. Este acontecimiento no es la primera vez que ocurre, pues en el año 37, en este mismo Instituto donde Coll Bardolet aprendía francés, el director al conocer su obra le propuso realizar su primera exposición individual en aquel momento, igual que ahora, la muestra fue un éxito, consiguiendo vender los treinta cuadros que presento en la exposición. El “pintor español” que es así como lo conocián en el lugar, sorprendió y entusiasmó a los habitantes de aquel pueblo, al que había llegado meses antes, huyendo de los desastres de la guerra civil española. Durante este mes de julio, Tours a vuelto a abrir sus puertas a aquel joven pintor, pero esta vez el joven pintor es un reconocido artista de fama internacional.
La biografía de Coll Bardolet es la historia de un hombre que ha sido fiel a sus principios. Nació en un pueblecito precioso de la zona de (el Ripollès), Campdevànol (Girona), donde sus padres constituyeron una familia sencilla: su padre trabajaba en una fábrica de papel y su madre, combinaba sus tareas del hogar con los trabajos esporádicos en una empresa. Durante esos primeros años de niñez empezó a desarrollar su afición por el dibujo pues en el colegio, en cuanto llegaba a sus manos un papel en blanco, dibujaba algo. Esta afición se perfeccionó cuando al trasladarse la familia a la población cercana de Vic, el adolescente se matriculó en la Escuela Municipal de Dibujo. También durante aquellos años fue importante para su formación, el padre Esteve Farés, pues este le enseño algo muy importante para el resto de su vida: la humanidad. Su primer trabajo fue el de aprendiz pintor decorador que le permitio pagarse dos cursos en la escuela de Olot, la gran tradición paisajista. Durante aquellos años, uno de los trabajos en que intervino fue el de la decoración de la Catedral de Vic, pintada por Josep Mª Sert. El maestro enviaba desde París las pinturas ya acabadas, pero al colocarlas quedaban huecos en la pared que los oficiales -ya había acabado su aprendizaje- rellenaban.
Cuando Sert se trasladaba a Vic a supervisar las obras, era Coll Bardolet quien le acompañaba.
Su necesidad de conocimiento le llevó a realizar viajes esporádicos a Barcelona, donde en la Sala Parés coincidió con sus admirados Rusiñol y Mir.
Estamos en el año 1936, momento en el que empieza la guerra civil y momento en que los jóvenes tienen que empuñar un arma y atacar al contrario político.
Coll Bardolet se negó a eso y su amigo Andrés Colomer, le ayudo a salir del país, llegando a la1 ciudad de Tours. Allí junto con seis compañeros se refugiaron en un edificio en ruinas acomodado y comieron gracias a la beneficencia municipal. Asistió a la Escuela de Bellas Artes y al Instituto Touraine para aprender francés, llegando el acontecimiento que hemos mencionado al principio del texto: su gran éxito en la exposición que organiza su director. En esta población residió un año durante el cual aprendió conocimientos artísticos y sobre todo le permitió abrir su mente hacia otra cultura, otra manera de pensar y ver el mundo. En 1938 se trasladó a Bruselas a trabajar en una empresa que dirigía su gran amigo Colomer. Asistiendo paralelamente a la Academia de Bellas Artes, momento en el qque descubrió el cubismo, el surrealismo y la obra pictórica de James Ensor, del que se declaró gran admirador. Son años caracterizados por el enriquecimiento cultural.
En 1939, al finalizar la contienda española Coll Bardolet, decidió volver a España y residir en la ciudad que había dejado, atrás, Vic, pero en esa ciudad fue denunciado y se trasladó a Barcelona, donde cada día tenía que presentarse ante una especie de tribunal de depuración. Acogido en casa de Pedro Bores, alguien le hablo de Mallorca y así decidió marcharse a vivir a esa hermosa isla, combinando sus estancias con Barcelona y Madrid, donde estudió un curso de grabado, en la Academia de Bellas Artes de San Fernando.
Por fin se decidió vivir defínitivamente en Mallorca, donde conoció a los grandes maestros, de los años cuarenta y ya instalados definitivamente en la isla, como Anglada Camarasa, Francisco Bernaveggi o Tito Cittadini. Pero no solo se codea co los grandes, también se acerca y se relaciona con la gente del lugar, conociendo su cultura y entrando a formar parte de ella. Explica Cesáreo Rodríguez-Aguilera, autor de una de las numerosas biografías escritas sobre el artista, que en las guiás turísticas aparece “Aquí vivieron -refiri´endose a Valldemosa- el archiduque Luis Salvador, Pilar Muntaner, Rubén Darío, el pintor Mir... Y aquí vive el artista José Coll Bardolet, que ha sabido restituir todas las gracias de las danzas mallorquinas...”. Coll Bardolet se convierte en el pintor del folklore mallorquín, sus pinturas son retazos de la vida de la isla que él observa y comprende, representándolas con suma sencillez. Pero su obra no solo se queda en esta isla, recorre el mundo en las diferentes exposiciones que ha organizado en ciudades como Oslo, Ginebra, Zurich o Boston.
La obra de este artista ha seguido una evolución muy lineal a lo largo de los años. Partiendo siempre de principios figurativos -excepto alguna investigación en el campo de la abstracción- se ha ido enriqueciendo de la maestria y del buen hacer de Coll Bardolet. Con un estilo muy cercano al impresionismo, que en algunos momentos ha llegado a situarse en el expresionismo, existe una constante clara en su evolución: el equilibrio de la composición, incluso en sus obras más recientes en las que el artista ha llegado por propia evolución a la abstracción pura. Sus últimas experiencias pictóricas se han recogido en un libro, por lo de original de la propuesta:combinación poética entre fotografía y pintura.
Obra de pincelada vigorosa y materia generosa, destaca en ella, el tratamiento de la luz y la infinidad de matices que consigue por medio del color. Porque las telas figurativas de Coll Bardolet presentan paisajes y escenas en que los objetos están indicados pero no aparecen detallados, eso provoca que nos ofrezcan una sensación, más que una descripción. Lo mismo ocurre con sus telas abstractas, en la que las manchas de color van creando formas que producen una sensación global. En definitiva, forma y color se unen para la pura creación, al servicio de un artista libre y comprometido.
- Mariés Begueria

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